Cuento de Navidad 2021.

TODOS, TODOS

Estamos todos. Mis dos hermanos pequeños apenas asoman la cabeza sobre la mesa. El olor nos está matando. Por fin, mamá entra orgullosa con la enorme bandeja de cordero. Nos lo comemos con los ojazos antes de que aterrice en la mesa.

- ¡Haced sitio!

- ¿Quién lo parte?

Papá se levanta de su silla tapizada en terciopelo rojo, coge el cuchillo grande y separa con facilidad los trozos. La carne humeante, muy caliente, vuela a los platos.

Consigo mi jarrete, con su taba. Busco más pieles crujientes. Lanzo un trozo de pan a la salsa de la bandeja. Y otro, y otro.

Estamos todos. Mi suegra entra orgullosa con la enorme bandeja de cordero. No, cabrito, que es mejor.

- ¡Sitio!

- ¿Quién parte?

Me levanto, cojo la tijera grande y voy separando.

- ¡Corta bien, que somos muchos!

Me toca costilla. Repaso con la mirada, quiero conectar con cada uno. ¿Mi padre? Ah, sí, en su silla de terciopelo rojo.

Estamos todos. Mi hija entra reina, en el salón con la enorme bandeja. - ¡Sitio! Cuidado que quema.

- ¿Quién parte?

Un estupendo trozo llega a mi plato. Miro a mis hijas, furtivamente, no quiero que se sientan observadas. Hablan con primos, comen, miran, se levantan, acarician, escuchan. Un sobrino se acerca y ofrece. Otra ojea para ver que falta. Otro llena las copas. Otro desafía con su juventud poderosa y rebelde. “¿El pan?”, “te dije que era un poco justo”, “nos va a sobrar”, “¡si os cuento lo que me pasó con la tarta!”. Me desconecto el sonotone, temo que los detalles me distraigan. Respiro cada instante, despacio, profundo; para que no se me escape. Miro a cada uno con su vida única, con su querer estar conmigo, con su mirada corta pero intensa. Mirar mucho, quema. Colecciono todas las miradas, las de ida y las de ida y vuelta. Son muchas.

El cordero ya se me ha enfriado. No importa, ya estoy lleno.

Sigo buscando gente. Mi papá no ha tocado el plato. Siempre en su silla tapizada de terciopelo rojo. Me sigue mirando, le sigo mirando. Esa mirada no quema.

- ¡Vamos! - le susurro.

Y buscamos juntos las miradas infantiles. Ellos están mirando al plato, terminado de limpiar el hueso, pidiendo agua a mamá, lanzando un barquito a la salsa. Los mayores, a su lado, tiene un ojo en el plato y otro en ellos.

Juntos miramos a los jóvenes que todavía no saben lo que es ser padre o madre. El y yo sabemos del mayor privilegio que nos dio la vida. Nos contenemos. No podemos darles un empujón, tiene que ir despacio.

Si, estamos todos, todos. Estás tú, está mi suegra, está mi hermano, está …

-Lo sabes, papá, te sigo llevando a todas mis comidas navideñas. Ya se me fue la rebeldía que necesité para ser yo. Ya soy tú.

- Si hijo, estoy orgulloso de lo que has hecho, la vida que te dimos.

Goyo Armañanzas Ros, Psiquiatra.