Ogros de Navidad 2018

                                            

        Así recordaban haberlo vivido: 

      "Las dos niñas estaban atadas a la pata de la mesa del ogro porque era hora de comer. Un ogro de la tribu de los ogros de cuatro ojos. Cuatro ojos en línea bajo una larga ceja, muy diferente de los ogros más corrientes de un solo ojo. Tienen además cuatro manos y cuatro piernas, o patas, según se mire.

      En vez de comérselas, dijo: "comed, comed, que os tenéis que hacer mas grandes". Y les dio de comer de lo que el ogro comía: los sesos de los aldeanos que cazaba en las trampas del bosque. Un bosque que él siempre había considerado suyo.

      Las niñas tuvieron que comer lo que les ofrecía para no morir de hambre. No recordaban nada antes de eso. No sabían si eran hijas del ogro o no, pero preferían que no. Cuando terminaron de comer, las llevó a encadenar en su habitación. En realidad, era un espacio ciego, excavado en la roca de la cueva por el fuerte ogro, que parecía no soportar el perfume a niñas que despedían.

     Cuando ya tenían los dientes definitivos, pensaron en escapar y conocer el mundo. No podía ser tan malo como el que estaban viviendo. Así que una mañana en que la luz del verano iluminaba un poco su agujero, decidieron intentarlo con mucho miedo. El ogro había salido a revisar sus trampas para aldeanos tontos, porque los listos no caían.  Se pusieron a pulir en la roca un hueso para hacerse una llave del candado que las tenía atadas.  Era un hueso que se habían guardado de la horrible comida de ogro que compartían. Cuando estaban en plena faena, del hueso salió un fuerte chorro de humo y luz que les cegó por completo en la oscura mazmorra. Cuando recuperaron la visión, vieron formarse una especie de mago en el humo, que les dijo: "¡desagradecidas!: os he alimentado no podéis usarme para escapar", y se desvaneció, dejando todo a oscuras. Ellas, tras unos momentos de vacilación, se miraron, reunieron fuerzas entre las dos y siguieron con la tarea.

     Pero llegó el ogro, lo llenó todo de un fuerte olor a miedo, y se tuvieron que tragar el hueso. Ya en lo mas profundo del invierno, pudieron ir alejando el miedo.  Una de esas largas noches en que el ogro dormía muchas horas, cayó una fuerte nevada que, con la luna, les dio la luz suficiente para empezar a pulir otro hueso. Cuando estaban en plena faena, un fogonazo enorme les deslumbró. Apenas pudieron recuperar la visión para contemplar la figura de una bruja que les dijo: " Manos manitas, por el poder que yo os he dado, estaros quietitas". Sus manos quedaron dormidas.

    Tuvo que pasar otro año en que, con la manos ya desembrujadas, una noche larguísima, una luna llena iluminó la nevada y les dio luz para verse las caras. Pulieron un hueso y... ¡zas!: fogonazo. Un mago y una bruja se formaron en el humo. Debieron decir algo, pero las niñas se habían puesto cera de abeja en los oídos y, cantando una canción, por si algo les fuera a llegar, prosiguieron su tarea. Terminaron la llave y lograron abrir el candado. Salieron a la boca y vieron algo que nunca antes habían visto: un manto de nieve blanca, encendida por una luna llena que les sonreía en lo alto. Tanto lloraron, que les dio para lavarse la cara. Pero al ver la enormidad que tenían ante ellas, sintieron miedo. Nunca habían salido de allí y no sabían nada del mundo. Se volvieron hacia adentro. Al volver a entrar, el aire pútrido les dio una tufarada insoportable. ¡Ya era tarde!: habían respirado el aire limpio, habían olido el bosque nevado.

Pudieron con todos sus temores, y pisaron por primera vez la nieve. El crujido de la mullida capa bajo sus pisadas, les encantó tanto, que quisieron sentirlo una y otra vez. Y pisando y pisando... ¡se fueron alejando!  

    Muchos, muchos años después, ya con sus vidas, habían olvidado lo suficiente el pestuz como para volver a curiosear por su historia. Era también un día de mucha nieve. Todo estaba muy cambiado, muy diferente a como lo recordaban. Tal vez se habían equivocado el lugar, porque donde recordaban la cueva, había un palacio de cristal cubierto por la nieve. Llamaron para preguntar. Un par de ancianos les abrieron. Le preguntaron: ¿Es por aquí donde está la cueva del ogro de cuatro ojos, cuatro manos y cuatro pies? Los ancianos se miraron las manos y los pies y no contestaron. En silencio les llevaron a la mesa que ya estaba puesta, pues era hora de comer. Les sirvieron cabezas asadas. Las ya mujeres, retrocedieron espantadas, recordando los sesos que les había tocado comer. Entonces el anciano les dijo: "son cabezas de cordero, muy buenas, mi papá me las enseñó a comer". Ellas siguieron sin probarlas. Entonces el anciano, pegó su cara a la de la anciana, poniendo los cuatro ojos en línea y dijo:  " comed, comed más que os tenéis que hacer mas grandes".

      Habían encontrado a sus ogros. Era la comida de Año Nuevo. Un nuevo año se anunciaba para todos."  

     Y así lo cuentan ahora las dos niñas a sus niños y estos a los niños de sus niños, como el mejor Regalo de Reyes.                    

                            

 Goyo Armañanzas, 1 de enero de 2019.

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