¿Sufro o tengo una enfermedad?

            El tema de tener una enfermedad se emborrona un poco cuando nos acercamos a la enfermedad mental. Si, es más confuso… y peligroso.

            Todos los humanos tenemos problemas emocionales. El resolver los desafíos afectivos que nos plantea la vida, es un elemento fundamental de ésta. Por ejemplo, tenemos que resolver un montón de separaciones con sus respectivos duelos. El primero es separarnos de nuestra madre cuando nos quitan el enchufe umbilical. Le siguen ir a la guardería, salir a la universidad, construir tu propia vida familiar o no, jubilarte del trabajo y el último, dejar la vida. En otras áreas debemos resolver el grado de autonomía y dependencia en relación a los que nos rodean, la historia emocional que heredamos de nuestros ancestros, etc. Podríamos establecer otras categorías en relación a las cuales todos los humanos debemos dar una respuesta. De esas respuestas depende lo nuclear de nuestra vida.

            La mayoría de los problemas que traen las personas a mi consulta, están dentro de esos desafíos que nos plantea la vida. ¿Tengo que llamar enfermedad a esas luchas, a esas respuestas más menos adaptativas? Respuesta que a mí, como a todos, me toca afrontar.

            El término que se ha adoptado clásicamente para muchos de los problemas de las personas que se acercan a consulta ha sido el de «neuróticos». Este uso que es suficientemente vago y no diferencia nada en profundidad, va siendo abandonado. Tal vez no sea ajeno a ese término, la necesidad de los profesionales de dejar clara la frontera entre salud y enfermedad.

            Podríamos poner la frontera en que la cantidad de sufrimiento, de forma que si este nos rebasa, necesitamos pedir ayuda. Pero es una diferencia cuantitativa. Entonces me acuerdo de un de mis antiguos jefes de psiquiatría que decía que esos sufrimientos son tonterías, simplezas propias de la vida, no merecedoras de atención psiquiátrica o psicológica. Estoy de acuerdo con él en que son propias de la vida, en nada más.

            Por otra parte, el clasificar este tipo de sufrimiento como enfermedad tiene consecuencias negativas. Genera un estigma, un plus de malestar. Además, añadido a esto genera la sensación de que, como una infección, es algo que nos viene de fuera ante lo cual no tenemos ninguna responsabilidad, ni recursos internos para trabajarla. Eso se desliza rápidamente a la búsqueda de una solución fuera de uno mismo por medio de sólo, repito sólo, las pastillas. Son éstas las que curan las enfermedades. Esto conlleva implícitamente que somos incapaces por nuestros medios internos, de resolver los problemas; una autodesvalorización.

            ¿Qué ventajas tiene poner un apellido de una enfermedad a este tipo de sufrimiento? La de la falsa sensación de que la controlamos y sabemos lo que está pasando. En realidad, un diagnostico (distimia, agorafobia, ideas obsesivas, la clasificación del DSM.V, etc) no dice absolutamente nada del sentido y razón por el cual la persona está teniendo esos síntomas. Si contribuye a un abordaje simplista de diagnóstico cara a decidir la medicación que corresponde.

            Por supuesto también hay sintomatologías que implican delirios y otros síntomas «mayores», para los cuales un diagnóstico y una medicación son fundamentales. Solo para esos, yo reservaría el posible calificativo de enfermedad, sin por ello renunciar a buscar los elementos emocionales, que pudieron causarlos o desencadenarlos. Mi viejo jefe de psiquiatría trabajaba solo con estos y solo sabía dar pastillas. Y no sabía nada de psicoterapia.

            La frontera entre ambos grupos no es clara y el donde se establece, está condicionado por cuestiones tan periféricas como la formación del profesional que las evalúa, en tipo de servicio asistencial en el que se encuentra, el tiempo y tratamientos disponibles, la capacidad de autoobservación de las propias emociones por parte del profesional, la disposición del usuario para explorar sus emociones y asumir esa responsabilidad, o su demanda de solo una pastilla que le trate de resolver el problema.

            Solo por ver lo movedizo de la clasificación como enfermedad biológica de las ideas delirantes, véase en el cuso de esta pandemia los interesantes sistemas deliroides (cercanos a los sistemas delirantes propios de la enfermedad mental) que se están montando en relación al virus y al a vacuna. ( Victoria Abril, por poner el de un famoso). Evoco aquel diagnóstico clásico de «folie a deux» (locura de dos, compartida por dos familiares) que diagnosticábamos en el manicomio. Nos podemos preguntar si, ante estos fenómenos deliroides, podríamos hacer el diagnostico  de «folie a plusieurs» (locura de muchos).

            ¿Sufro o tengo una enfermedad? No clasifico a las personas por el numero en que encajan en la clasificación internacional de enfermedades (DSM-V) por que no me sirve para nada a la horade ayudarles a ser mas felices. Me sirve escuchar y ser consciente de lo que siento cuando estoy con ellos, así como seguir la consigna de Moreno de verle con sus ojos.

            Si, mi respuesta deja las cosas un poco menos claras; pero un poco más justas y menos dañinas, creo yo. Nadie dijo que en nuestro complejo mundo emocional, las cosas estén claras,

Goyo Armañanzas, Psiquiatra

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